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martes 9 de febrero de 2010

¿Porvenir o futuro?

.


PORVENIR

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú permaneces
más allá de las horas,
agazapado no se sabe dónde.

!Mañana! Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

(Ángel González)







FUTURO

Pero el futuro es diferente
al porvenir que se adivina lejos,
terreno mágico, dilatada esfera
que el largo brazo del deseo roza,
bola brillante que los ojos sueñan,
compartida estancia
de la esperanza y de la decepción, oscura
patria
de la ilusión y el llanto
que los astros predicen
y el corazón espera
y siempre, siempre, siempre está distante.

Pero el futuro es otra cosa, pienso:
tiempo de verbo en marcha, acción, combate,
movimiento buscado hacia la vida,
quilla de barco que golpea el agua
y se esfuerza en abrir entre las olas
la brecha exacta que el timón ordena.

En esa línea estoy, en esa honda
trayectoria de lucha y agonía,
contenido en el túnel o trinchera
que con mis manos abro, cierro, o dejo,
obedeciendo al corazón, que manda,
empuja, determina, exige, busca.
¡Futuro mío...!Corazón lejano
que lo dictaste ayer:
no te avergüences.
Hoy es el resultado de tu sangre,
dolor que reconozco, luz que admito,
sufrimiento que asumo,
amor que intento.

Pero nada es aún definitivo.
Mañana he decidido ir adelante,
y avanzaré,
mañana me dispongo a estar contento,
mañana te amaré, mañana
y tarde,
mañana no será lo que Dios quiera.
Mañana gris, o luminosa, o fría,
que unas manos modelan en el viento,
que unos puños dibujan en el aire.

(Ángel González
“Sin esperanza, con convencimiento” 1961)
.




lunes 8 de febrero de 2010

Tim Burton




martes 2 de febrero de 2010

Filosofía del arte

.




SEMINARIO VIRTUAL DE FILOSOFÍA
40 años de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid



martes 26 de enero de 2010

Der Panther

Para Carlota





RAINER MARIA RILKE

La Pantera

Del deambular de las barras se ha cansado tanto
su mirada, que ya nada retiene.
Es como si hubiera mil barras
y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.

El suave andar de pasos flexibles y fuertes,
que gira en el más pequeño círculo,
es como una danza de fuerza entorno un centro
en el que se yergue una gran voluntad dormida.

Sólo a veces se abre mudo el velo
de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,
recorre la tensa quietud de sus miembros
y en el corazón su existencia acaba.

( NUEVOS POEMAS, París, 5 ó 6 de noviembre, 1902)
Traducción de Sergio Ismael Cárdenas Tamez
Ansbach, 15.01.2002.



viernes 22 de enero de 2010

Desde Cuba con cariño

Reproduzco este artículo, que encontré por casualidad, como homenaje a Aureliano Tarnos, hermano de mi abuelo y padrino mío por poderes, que salió de España buscando un horizonte más amplio, más acorde a su espíritu libre. Nunca lo conocí personalmente, porque no quiso abandonar su querida Cuba, pero siempre estuvo presente en mi vida, siguiendo mis pasos desde mi nacimiento hasta el día de su muerte.


De la vida y de la muerte

Ricardo González Alfonso
(Revista Hispano-Cubana)

"Aunque los muchachos del barrio le decíamos El Gallego, don Aureliano Tarnos Blanco fue ciudadano cubano sus últimos 37 años; español los primeros 54; y asturiano siempre.
El Gallego, como decimos en Cuba a todos los hijos de la Madre Patria, así sean vascos o andaluces. Y Aureliano no iba a ser una excepción. Sobre todo porque transformaba cualquier s en una z, usaba boina, y hablaba de España como quien habla del alma.
Era alto como el Quijote, pero corpulento; y poseía una mirada azul, muy azul, quizás por atravesar tanto mar y cielo ibérico, norafricano y caribeño. Pero, sin duda, lo más impresionante de sus ojos es que tenían algo de espada, como Colada y Tizón, las armas del Cid.
Nació en la aldea de Mortera, en Piélago, próximo a Santander, el 22 de octubre de 1898, hijo de José y Josefa, y heredero de la vocación peninsular de emigrante. Católico, Apostólico y Romano desde el bautismo a la extremaunción, dejó huellas en la vida.
Contrajo nupcias el 24 de abril de 1933 con Cristina Martínez Aguiar, una cubana de 26 años, tendera de profesión, quien se mantuvo bella hasta la senectud. No tuvieron hijos, pero criaron a dos medios sobrinos de ella: Olga y Armando Galarza Hernández. Olga se graduó en la Universidad de La Habana de doctora en pedagogía, fue dependiente, y en su vejez ejerce de cancerbero de un árbol del que hablaremos después.
Mas Aureliano tenía otra vida más interesante. Viajó un tercio del planeta. Fue atleta de trofeos, medallas y aplausos en las modalidades de balompié y campo y pista; mercader de fantasías finas; observador de realidades complejas; y en una ocasión lo acusaron de conspirar contra el gobierno de Fidel Castro. Lo dejaron en libertad por falta de pruebas. Pero mi curiosidad infantil un día conoció algo que no descubrieron los agentes de la seguridad del estado: El Gallego escondió en su vivienda a un perseguido político. Esta fase de su vida poseía, sin duda, el talante de las leyendas.

Era un halo que me cautivaba, sobre todo cuando entraba en la sala de su apartamento. Las paredes estaban adornadas con abanicos, un tapiz con una escena asturiana y botas para beber vino. Como contraste, sobre unas mesitas negras con incrustaciones de nácar, se exhibían dos muñecas japonesas de biscuit en sendas urnas de cristal. Había una magia íntima y cosmopolita a la vez.
Cuando Aureliano se enteró de mi interés infantil por la filatelia, me obsequió estampillas de correo de medio mundo. Él era comerciante de artículos de importación -como las muñecas niponas- y recibía correspondencia de muchos países. Así pude traer a mi casa el volcán Fujiyama, la Torre de Eiffel, los Alpes suizos, y un arco iris de sellos con el perfil de Franco.
Después El Gallego supo de mi vocación de escritor adolescente, y me regaló un grueso manual de ortografía que aún conservo. Gracias a él leí desde Herman Hess hasta Sinclair Lewis, autores que a mediados de los sesenta no eran comunes en las librerías de la Isla.
Sin embargo, los puntos de convergencia entre Aureliano y los muchachos del vecindario eran otros, y ocurrían dos veces al año.
Uno era en diciembre. Los Tarnos-Martínez exhibían en su hogar El Nacimiento. Este no sólo mostraba a la sagrada Familia en el establo, una docena de pastores y los Reyes Magos; sino, además, dejaba ver la matanza de Herodes y la huída a Egipto, en figuras de madera talladas y policromadas, algunas de las cuales alcanzaban hasta un pie de alto, y que treinta días al año habitaban aquel mundo de montañas y grutas de papel, llanuras de aserrín verde y un lago de cristal.
Era una época en la que Dios estaba proscrito en Cuba. Por eso la responsable de vigilancia del Comité de Defensa de la Revolución de la barriada, apuntaba en una libreta el nombre de los niños que visitábamos el Nacimiento de Cristina y El Gallego (la mayoría de los adultos no se atrevían a ir).
El otro encuentro acontecía en el verano, cuando se producían batallas campales entre este Cid contemporáneo y mis amigos, y con cuanto chiquillo -y no tan chiquillo- pasaba por allí. La causa de aquellas lides de insultos y piedras era una mata de mangas blancas. El árbol del bien y el mal. El de los frutos prohibidos. Una zona de conflicto en el patio del gallego.
Yo nunca robé un mango (ni falta que me hacía, un gajo daba para mi casa). Y aunque mis amigos comían de los frutos permitidos, algunos de ellos preferían los otros. Aquellos mangos originaron muchas anécdotas. Contaré un par.
Una vez Aureliano dijo a Zoraida que los dos hijos de ella saltaban la cerca y le llevaban los mangos. La madre de los acusados se insultó y defendió a su prole. Días después, El Gallego mostró a la mujer una fotografía de ambos niños sorprendidos ³in fraganti².
Una tarde Aureliano dió las quejas a Alicia, otra vecina. Ella prometió dar una buena golpiza a los pilluelos (el hijo y el sobrino). Pero esta vez El Gallego envainó su mirada de doble filo, y sentenció: ³Señora, de nada servirán los golpes. Mejor es que ellos recojan las piedras que junto con otros lanzaron contra la mata. Me tienen el patio hecho un pedregal². Los niños se salvaron de la paliza, y el terreno quedó limpio.
Durante la celebración de los X Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe, en 1966, los muchachos del barrio repentinamente nos sentimos atletas. El estadio fue mi jardín. Y Aureliano , por ese encanto de los recuerdos, a pesar de estar la temporada de mango en su clímax, hizo una tregua con mis amigos y se transfiguró en instructor, árbitro y compañero. Al año siguiente volvieron a romperse las hostilidades.
Nuestro héroe y su esposa se mudaron al reparto al principio de los 50. Habían construido dos apartamentos con cimientos para un edificio de cuatro plantas, las que levantarían poco a poco; pero el triunfo de la revolución dejó trunco el proyecto (aún la escalera se oculta detrás de una pared falsa). Eran viviendas para alquilar, pero ellos decidieron vivir en una de ellas, la más próxima a mi domicilio.
Transcurrieron los años y mil acontecimientos, cuando en 1983 el matrimonio Tarnos-Martínez me invitó a sus Bodas de Oro. Fui el único de mi generación y uno de los pocos vecinos convidados a la fiesta que se celebró en un salón del Hotel Habana Riviera, con un refinamiento inusual en un régimen comunista. 50 años de matrimonio dice mucho de una pareja. Es un milagro de amor. Y yo fui testigo de ese milagro.
Poco después viajaron en avión a Monterrey, México, en una visita familiar, pero tuvieron que anticipar su regreso a la Habana. La altura, en complicidad con la edad, los afectó a los dos, y marcó el comienzo del fin. Ella pronto padeció de demencia senil, pero sobrevivió a su esposo.
El 18 de abril de 1990, a las 6 y media de la mañana, don Aureliano Tarnos Blanco, otro gallego sin Galicia, murió lúcido, con el alma y las sábanas limpias, y sin que el tiempo encorvara su estatura de Quijote, ni mellara el doble filo de su mirada, como aquellas espadas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. "



Titre : Little havana
Type : Court métrage
Synopsis :
Dans une forte ambiance latine, Compay est un grand pére qui rêve de liberté. Comment vivre dans un espace oû le seul faît de respirer est interdit...

Démarhe :
Loin de tout concept politique, j'ai voulu exprimer le désir d'un personnage qui veut fuir la réalité tout en l'ayant combattue.

Film de Matthieu jovanovic
Musique de Patrick dethorey

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